“La mente, urdidora nocturna, tejedora de ilusiones, creadora de imágenes aterradoras o fantásticas, no escapa a la mísera condición del ser humano en la vigilia.”
“El cielo fulguraba con una pálida, difusa luz anaranjada, a la hora del crepúsculo; rosas, violetas y azules se fundían en el horizonte como vivos óleos en un cuadro fantástico. Caminaba sin rumbo por una calle sumida en una triste penumbra azulada. La tinta amarilla de las luces de los faroles cortaba el azul con rectángulos brillantes. Había en ella algunas vidrieras iluminadas; ingresé, impulsado por una voluntad inexorable, en un comercio que llamo mi atención; brillaban en las góndolas variedades de productos que no recuerdo. Un ángel o un demonio se presento ante mis ojos. La reconocí de inmediato, ella hizo lo propio, aunque sin sorpresa alguna, como si fuera natural encontrarnos en aquel lugar y en aquel preciso momento; conversamos de algo que ya no recuerdo, y salimos del aquel lugar. Un sentimiento patético me embargaba en aquel instante fatal; hubiese querido vivir para siempre o morir allí mismo, en su dulce, angélica compañía, como en mundo crepuscular, en aquellas calles eternamente bañadas de ámbar, donde el dolor y la felicidad se fusionaban maliciosamente. No alcanzaba a entender el sentimiento ambivalente que me poseía, ya que el súcubo estaba allí, y me sonreía encantadoramente mostrando sus dientes blancos y sus dulces ojos, que centelleaban con fulgores de nácar. Pero aquel mundo se desvaneció; mi amado vampiro echó a correr de repente, y a gritos la llamé desesperado; una vez que la hube alcanzado, el ángel infernal rompió en llanto, las lágrimas, como brillantes gotas de diamante líquido, rodaron por sus mejillas; al levantar la vista, sus ojos anegados, que tenían en su mirada un punto de maldad, se clavaron en mí; las deliciosas aguas de su órbita tremolaban con inefable turbación… no recuerdo lo que dijo, pero aun sueño con las fúlgidas estrellas de sus ojos, con la dorada miel de sus pupilas. Aquello fue lo último que mi atormentado cerebro pudo retener… las imágenes se desvanecieron vaporosas como nubes de humo; comprendí entonces aquella sensación de pesar... el reencuentro era ficticio, lo supe al despertar, de vuelta a la ordinaria vida, henchida de hastío, y solo recuerdo mi profunda, inmensa tristeza, ante la certidumbre de que sólo había sido un sueño…
martes, 16 de febrero de 2010
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