domingo, 9 de junio de 2019
Solución garantizada
Caminó sin rumbo por las galerías, mirando distraídamente los escaparates iluminados y las vidrieras que enseñaban mercancías ordenadas y apiladas sobre escalones cubiertos con telas de colores que formaban diferentes niveles de altura, con los precios impresos en carteles, o colgado de finos hilos que surgían desde el techo. Los parlantes soltaban una canción melosa, repetitiva, irritante. Con las manos en los bolsillos se dejó llevar por el azar; más con el deseo de pasear sin destino cierto, que con el afán de comprar alguna cosa. Silbó la canción melosa -ahora sonaba un jingle pegajoso- sin darse cuenta y sonrió levemente. Anduvo deambulando así, por el espacio de una hora; deteniéndose en algún negocio para mirar brevemente y desviar luego la vista hacia otro lado. La gente salía de los comercios con bolsas y paquetes, con aspecto de felicidad y conformismo, solas o en grupos, riéndose, o dándose golpes con los codos en señal de complicidad. Bajo un cartel donde chirriantes letras rojas de neón parpadeaban el nombre de un bar, un viejo sorbía su café y fumaba, reconcentrado en un periódico, mientras daba pequeños golpes con el cigarrillo sobre el cenicero. Su cara cenicienta parecía una vela derretida. Debajo de los ojos, unas líneas pardas y horribles de piel se plegaban unas sobre otras, aumentadas por las gafas de aumento que llevaba montadas sobre una nariz enorme, morada y granulosa. Sintió un estremecimiento, como si la simple visión de aquel hombre le produjera un contacto frío, como la piel suave y resbaladiza y helada de un pez.
En un recodo, vio una de las salidas de la galería. Fue hacia allí, y bajó los escalones lentamente. La salida daba a un paredón, que corría de manera transversal, terminando en otras dos bocas, una hacia la avenida principal y la otra hacia un patio, al aire libre y bajo la luz neblinosa y menguante del crepúsculo. En ese espacio abierto, que desembocaba a su vez en el interior de un barrio de casas bajas, otros negocios exhibían sus prendas expuestas sobre cajas, sostenidas por caballetes de madera. Antes del patio, y sobre ese estrecho túnel sumido en la semi-penumbra, se encajonaban unos tres o cuatro comercios que llamaron su atención. Una pescadería, que enseñaba los vientres pálidos y escamosos de los pescados, llenaba el pasaje de un penetrante vaho de mar y que se confundía fantásticamente con el dulce aroma de las especias de la tienda contigua. Sobre la vereda adoquinada, una serie de tambores colocados uno al lado del otro, exhibían cuencos de barro cocido con polvos y hierbas de diversos olores y texturas y colores. En la punta de una pértiga, un fanal amarillo bañaba la mercancía con una luz imprecisa e irreal. En la otra tienda, una gran cantidad de telas orientales colgaban de sus perchas y se balanceaban con el viento cálido del atardecer. Las telas eran rojas, estampadas con dibujos de flores o animales, azules y violetas, con estrellas doradas y lunas de plata. Una mujer boliviana, tocada con un sombrero de fieltro, y vestida con una falda bordó con guardas floreadas, vendía, en canastos de mimbre, ajos, ajíes, cebollas y limones y estaba sentada sobre una manta, apoyada la espalda sobre la pared opuesta a la de los comercios y cantaba por lo bajo una canción triste de su tierra. En la otra tienda y bajo un toldo anaranjado, una tabla de madera dejaba a la vista una singular cantidad de pequeños hornos de arcilla en cuyos corazones ahuecados ardían las llamas de las velas y expulsaban perfumes embriagadores que evocaban paisajes lejanos, humedecidos por las lluvias, quebrados por el calor, iluminados por lunas de oro.
Se encontró con la fija mirada de una mujer gitana, que había salido detrás de un cortinado púrpura. Los ojos de la mujer, refulgían con una extraña luz bajo los párpados exuberantes... ésta parecía resbalar sobre la acerada superficie de sus pupilas negras. Le preguntó si quería saber algunos precios. Su voz era ondulante y suave. Llevaba en la cabeza un pañuelo azul, constelado de cuentas transparentes como gotas de agua cuajada, mientras dos grandes aros se balanceaban ante cada movimiento. Lo envolvió el perfume de los aceites y la aterciopelada mirada de la gitana y sintió un leve mareo; se aferró a la punta de la tabla de madera y buscó una bocanada de aire fresco, aspirando profundamente. Sintió el contacto cálido de la mano sedosa de la joven y un fugaz relampagueo brilló en la pulsera de su mano derecha. Le preguntó si se sentía bien. Él asintió. Vio, en un cartel de madera grabada a fuego las singulares palabras: “Solución garantizada”. La mujer le propuso pasar detrás del cortinado, para revelarle el futuro. En otra ocasión, se habría reído de semejante despropósito. Descreía del arte adivinatorio, y le repugnaba la ignorancia de la gente, a la cuál despreciaba con sumo convencimiento. Sin embargo, había algo en aquella mujer; un poder sedante, intimidatorio, aunque no violento... algo que inducía al sueño, al reparo y al descanso. Un oasis en medio de un desierto abrasador, pensó. Asintió con la cabeza y se asombró, sin embargo, de su respuesta. Ella entrelazó muy suavemente sus dedos con los suyos y lo condujo hacia atrás mientras clavaba en sus ojos su mirada de seda. Observó, en su delicada mano, un anillo que pareció moverse, temblar y romperse, como una imagen reflejada en el agua que rizara la corriente... una vez más se sorprendió de sus absurdos pensamientos. El anillo era de plata maciza; una serpiente de plata azulada, que se enroscaba sobre sí misma, sostenía en su boca una bola de oro rojo. La voz cimbreó y pareció repetirse en la pequeña sala, detrás de cortina. Le llamó la atención que los ruidos y voces del pasaje se escucharan tan lejanos; apenas audibles. Un aturdimiento le obligó a sacudir la cabeza varias veces. Los sonidos se alejaban, cada vez más, atenuados por el moaré de ese mar púrpura que movía el viento. ¡Pero que estoy diciendo!, exclamó horrorizado, asustado de sus propios desvaríos. No ha dicho usted una sola palabra, dijo ella, sonriendo con la mitad del rostro... imaginó su alma hendida por la mirada de sus ojos oscuros, traspasarla, dominarla, someterla, y, sin embargo, no experimentó ningún temor. Él se dejó llevar, una vez más, por ese sopor exquisito. Una fragante ráfaga le llegó de repente, de lo que parecía emanar de su piel satinada, de tono oliváceo; un aroma crudo, salvaje, voluptuoso. Un aroma de sangre, pensó. Se sentó en una silla y ella hizo lo propio, frente a él. Le preguntó su nombre. Se lo dijo y a continuación respondió, como movido por una voluntad ciega, ajena y en un susurro:
"Existen ciertos días del verano, donde una congoja incierta me oprime el alma, la aplasta, la retuerce; sobre todo cuando veo en las veredas, las manchas de sombra que la luz del sol dibuja a través de las hojas de los árboles. El sonido de las hojas al rozarse, y las sombras móviles proyectadas en el suelo me imprimen un profundo dolor, del que no puedo escapar. Siempre elijo, por esto, las veredas empapadas de sol. De sol pleno, más blanco que amarillo, de sol caliente, fulgurante, vivo, palpitante. Cuando los árboles obstruyen su benéfico influjo, una nube de pesar se cierne sobre mi ánimo. El murmullo de las ramas y la hojas y la sombra de ceniza me recuerdan días fríos de la infancia. Conservo de ella, no obstante, recuerdos agradables. De pequeño jugaba entre los juncales, trepaba a los árboles, hacía casas con barro, dejaba flotando hojas secas en las zanjas crecidas por las lluvias, pero cuando llegaba la hora del crepúsculo, algo se rompía dentro de mí. Algo laceraba mi alma infantil. La luz agonizante, los colores que se apagaban de a poco en el cielo, el horizonte teñido de un rosa desvaído, viejo y ajado como un papel marchito, no le hacían justicia al esplendor del día. Pero, cosa curiosa, una vez pasado ese momento, después de que la última luz luchara contra la creciente masa de sombras que la devoraban sin remedio, y cuando ese tono azulado aunque esplendente, repleto de vida aun, imprimía su magia sobre todas las cosas, esa amargura desaparecía por completo, dejando lugar a una jubilosa resignación, más parecida, creo yo, a una aceptación... entonces, aparecían esas luminarias en el aire azul del verano, encendiéndose y apagándose, esparcidas y móviles; cuando atrapaba a una, la mantenía dentro de mi mano, con los dedos entreabiertos, lo suficiente como para poder ver la luz que parpadeaba, dorada, en la palma de mi mano. Luego la soltaba y la dejaba volar junto a las otras.
Tengo recuerdos de los días de estudio, en los patios de cemento, en medio del frío del invierno; me veo a mí mismo soltando chorros de vapor por mi boca y mi nariz al respirar, cantar el himno y luego entrar a la sala, donde el pizarrón se llenaba de letras y números, tan fríos como el aire cristalino del exterior.
Los paisajes hermosos me lastiman, me hiere su grandiosidad; y sin embargo, muchas veces siento soledad en el pleno centro de la capital, con la gente hormigueando, apurada y como manejada por propósitos desconocidos hasta para ellos mismos; apretados por sus trajes, prisioneros de horarios, engullendo la vida de a grandes bocados; todo esto siempre me causó una gran decepción, una profunda tristeza. Siempre me pregunté, de alguna manera, cuál era el fin de este juego. Nacemos, competimos, somos reprendidos, festejados, copiamos las conductas de los otros, que a su vez copian las conductas nuestras, deseamos y repudiamos, se llega a la madurez, sin saber siquiera que fue lo que pasó ni como fue que pasó, nos adherimos a vicios, a hábitos, para despejar las nubes que amenazan la tranquilidad -y que tal vez sea ese rayo que lucidez que transporte el gran secreto- sentimos remordimientos por esos hábitos, y los cambiamos por otros más atroces, más dañinos, porque, aunque éstos mismos no sean nocivos, tienen por objetivo ocultar el verdadero sentido de la vida; creo que el tiempo, es la respuesta. El paso del tiempo, que sabemos inexorable. Imagino que el ruido de la vida que nos imponemos, las mil ocupaciones vanas, desagradables o estimadas, son para eludir ese conocimiento que vamos tapando constantemente para no sentir el vértigo ineludible de la eternidad. Entonces, que hacer, eh?... ante el implacable enemigo que acecha y que trae recuerdos revestidos de oro, desprovistos engañosamente de todo error, de toda fealdad y que aniquila el presente, tan fugaz, tan efímero pero tanto más importante que esos restos, despojos inútiles del pasado?.”
Suspiró con alivio, extrañamente admirado por semejante marejada catártica. Levantó los ojos y los dirigió hacia los de ella, que lo observaba seriamente. La mujer se levantó y salió un momento sin emitir sonido alguno. Volvió con una pequeña bolsa de yute, atada en la parte superior con un lazo bermejo. Sin dar ninguna explicación, desanudó el lazo y abrió la bolsa. En su interior, reposaba un polvo diamantino, que centelleaba con mil reflejos bajo la luz tremolante de las bujías. Una vez más depositó en él su intensa mirada, donde hervían arcanas hechicerías; sintió sobre los párpados, un peso irresistible, ineluctable... sus ojos vieron el rostro hermoso de la mujer y en él, una mirada profunda, de una negrura abisal constelada de estrellas rutilantes. Tomó sus manos y susurró, melodiosamente, la palabra: "chanorgú" mientras soplaba desde la palma de su mano, una nube del prístino polvo sobre su rostro. La tienda pareció extenderse, alargarse y contraerse, ora iluminada con una dorada incandescencia de fuente desconocida, ora sumida en la más luctuosa de las tinieblas, que se espesaron casi tangibles a su alrededor, como tentáculos primigenios; no obstante, jamás sintió temor alguno... la luz fue filtrando sus venas de oro y plata entre la densa masa de oscuridad, y disipó las sombras y las venció y arrastró fuera de este mundo... una calma interior se propagó hasta las más recónditas fibras de sus ser, dejándolo en un completo estado de placidez. "Chanorgú", fue lo último que escuchó...
Cuando miró a su alrededor, estaba parado frente a un estante de madera, donde azules lenguas de fuego crepitaban en las entrañas de pequeños hornos y en donde bullían los aceites aromáticos y humeaban las varas de sándalo e incienso. Miró, algo desconcertado, a una mujer que acababa de salir detrás de un cortinado purpúreo. Ella le sonrió y le preguntó si estaba interesado en algunos de sus articulos. Él negó con amabilidad, dio las gracias y se encaminó rumbo al patio, donde todavía se demoraba la postrera luz del crepúsculo. Miró hacia atrás, pero la mujer ya no estaba allí. Vio en el cielo un cúmulo de nubes arracimadas, en cuyos algodonosos vientres estallaba un incendio de oro y fuego; hacia el horizonte, la agónica luz contendía con el progresivo avance de la noche; permaneció un rato contemplando la gloria del atardecer, y, preso de un súbito, irrefrenable impulso de alegría, desapareció por el laberinto de callejuelas de casas bajas... silbando y sonriendo.
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