domingo, 9 de junio de 2019
Valerio Zurlini - El desierto de los tártaros (1976)
Buzzati nos remite a Kafka, inexorablemente; sabe a tedio, a fracaso, a postergación infinita. También "El desierto de los Tártaros" de Valerio Zurlini deja un sabor agridulce, profundamente melancólico. Lo laberíntico, el destino circular del hombre (la espera de enemigos, que nunca llegan, hasta ver una luz de esperanza; para luego desilusionarse y volver a la espera), coronan este film. Giovanni Drogo es nombrado teniente y enviado a la fortaleza Bastiani, ubicada en el confín de frontera en medio de un desierto rocoso y yerto, donde se erigen las paredes amarillentas de la fortaleza. La monotonía y soledad del lugar hacen que Drogo pretenda irse rápidamente, pero por medio de evasiones, y lo burocrático de los trámites necesarios para su traspaso, lo convencen de quedarse cuatro meses más para luego concederle el traslado hacia alguna parte más alegre, con más vida y cercana a la ciudad. Drogo, con el paso del tiempo, de los años, se hace amigo del silencio, de la soledad, de la absurda rutina militar, del paisaje reseco, del viento en los corredores, de los idénticos y mecánicos cambios de guardia, de la eterna espera de la llegada de tropas enemigas... una fuerza irresistible parece adueñarse de él y consagrarlo a una espera que en el fondo sabe estéril.
El existencialismo se hace presente en esta novela, plagada de nostalgia por el tiempo perdido, por el cuestionamiento sobre las decisiones tomadas, por la certidumbre terrible de la huída del tiempo, por lo ridículos que resultan algunos de nuestros hábitos.
El final en la novela (no así en este film) es magnífico y deja un leve sabor a victoria en medio de una derrota evidente. Las últimas palabras son sencillamente conmovedoras...
Spoiler:
El final del film no se corresponde al glorioso final de la novela de Dino Buzzati; en el film, Drogo muere en el carro, triste, fracasado, impotente, luego de una vida consagrada a la fortaleza, al servicio militar; en el final del libro, que hasta las últimas páginas es realmente devastador, deja como dije anteriormente un agradable gusto a triunfo... y nada menos que una victoria sonriente, llena de coraje, contra el peor de los enemigos que tiene el hombre; la muerte.
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